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Gaudete et Exsultate: Es lo que ya esperábamos

por Christopher A. Ferrara
el 11 de abril de 2018

En este momento del pontificado del hombre de Argentina, ni necesitamos leer Gaudete et Exsultate para saber lo que contiene: una mezcla de elementos de piedad segura, ataques contra católicos ortodoxos, y las novedades repletas que este Papa ha continuado insinuando implacablemente desde el momento de su elección. Esto es lo que ya hemos visto con Evangelii Gaudium Laudato si’ y, claro, con la desastrosa Amoris Laetitia (AL) que, por increíble que parezca, pretende abolir en la práctica el carácter sin excepciones de los preceptos negativos de la ley divina y natural, comenzando por el Sexto Mandamiento.

Pero para tener la certeza, verifiqué el documento. Es relativamente “breve”, con 20.000 palabras, y es precisamente lo que ya se esperaba: algunas declaraciones piadosas, enganchadas a llamadas por cambios radicales que Francisco exige, en contradicción a las enseñanzas de todos sus antecesores, junto con sus denuncias de costumbre del clero y laicado ortodoxos que se atreven oponerse a sus novedades.

He aquí una cita-clava que captura la esencia de aquello que Antonio Socci ha llamado muy apropiadamente Bergoglianismo:

“La complacencia es seductora; nos dice que no vale la pena intentar cambiar las cosas, que no hay nada que podamos hacer, porque ésta es la forma en como las cosas siempre han sido y aun así conseguimos siempre sobrevivir. Por la fuerza del hábito, ya no enfrentamos al mal. Nosotros ‘dejamos las cosas estar’, o como los otros han decidido que deberían estar. Pero dejemos que el Señor nos saque de nuestro letargo, nos liberte de nuestra inercia. Repensemos nuestra manera usual de hacer las cosas; abramos los ojos y oídos, y sobre todo nuestros corazones, para no ser complacientes sobre las cosas como ellos son, sino incomodados por la palabra viva y eficaz del Señor resucitado”.

Fijaos la confusión falsa entre ceder al mal, que implica pecar, y no “cambiar las cosas” o aceptar “la manera cómo las cosas siempre han sido” o “como los otros han decidido que deberían estar”, y la confusión igualmente falsa entre hacer el bien y “repens[ar] nuestra manera usual de hacer cosas…para no ser complacientes sobre las cosas como ellas son” para poder ser “incomodados por la palabra viva y eficaz del Señor resucitado”.

Gaudete et Exsultate es, pues, una tentativa mal disfrazada para imponer a la Iglesia la subversión del Sexto Mandamiento de AL bajo el aspecto de “discernimiento” de lo que el Espíritu Santo según cabe suponer está pidiéndonos: a saber, la novedad. No dejando dudas sobre su intención, el Papa Francisco más tarde dice claramente que exige adhesión a sus novedades como si fuese la voz de Dios hablando por medio de él:

“Cómo podemos saber si algo viene del Espíritu Santo o si procede del espíritu del mundo o del espíritu del demonio? La única manera es a través del discernimiento, que pide algo más que la inteligencia o el sentido común. Es un don que debemos implorar. Si pedimos con confianza al Espíritu Santo que nos conceda este don, y después procuramos desarrollarlo por medio de la oración, reflexión, lectura y buen consejo, entonces ciertamente creceremos en este dote espiritual…”

Hasta allí, está bien. Pero la pastilla envenenada viene inmediatamente después:

“Esto aún es más importante cuando se presenta alguna novedad en nuestras vidas. En ese momento tenemos que decidir si es vino nuevo enviado por Dios o una ilusión creada por el espíritu de este mundo o el espíritu del demonio. En otras ocasiones puede pasar lo contrario, cuando las fuerzas del mal nos inducen a no cambiar, a dejar las cosas como están, a optar por una resistencia rígida al cambio. Pero esto sería bloquear la acción del Espíritu…”

No hay otra palabra para definir este texto que no sea tortuoso: El mal se manifiesta por una “resistencia rígida al cambio”, que quiere decir el cambio que Francisco – el único de entre todos los Papas a partir de San Pedro – exige de acuerdo con las “señales de los tiempos”.

En el gran Depósito de la Fe, no encontramos en parte ninguna, cualesquier enseñanzas sobre el mal imaginario de la “resistencia rígida al cambio”. Por el contrario, la resistencia al cambio es precisamente lo que se exige por una defensa de la doctrina inmutable del Evangelio, que es la Palabra Eterna:

“No penséis que yo he venido a destruir la Ley, ni los Profetas: no he venido a destruirla, sino a darle su cumplimiento. Que con toda verdad os digo, que antes faltarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse perfectamente cuanto contiene la Ley, hasta una sola jota o ápice de ella. Y así él que violare uno de estos mandamientos por mínimos que parezcan, y enseñare a los hombres a hacer lo mismo, será tenido por el más pequeño en el reino de los cielos; pero el que los guardare y enseñare, ese será tenido por grande en el reino de los cielos.  (Mt. 5:17-19)

Al cumplir la Ley de Dios, Nuestro Señor declaró que quien se divorcie y pretenda “re-casarse” comete adulterio. Recordemos Su reprensión a los Fariseos, que recurrían a Moisés en defensa de su aprobación del divorcio: “A causa de la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero desde el principio no fue así”.  (Mt. 19:8)

Pero ahora la Iglesia está angustiada por un pontificado cuyo propio tema es la tolerancia del divorcio y del “re-casamiento” en la Iglesia y la admisión de adúlteros públicos a la Sagrada Comunión mientras continúan en sus relaciones adulteras, lo que pone de lado 2.000 años de doctrina eclesiástica y arrastra toda la Iglesia de vuelta al tiempo de Moisés.

Con una audacia sin comparación, Francisco cita el Octavo Mandamiento mientras invoca el infierno (cuya existencia él niega en conversaciones con Scalfari, cuyas referencias él no niega) para demonizar a los católicos que defienden los “otros mandamientos” – que quiere decir el Sexto Mandamiento, que él ha pasado los últimos cinco años intentando subvertir en la práctica:

“Hasta en la comunicación social católica puede exceder los límites, la difamación y la maledicencia pueden hacerse comunes, y todos los patrones éticos y el respecto por el buen nombre de los otros pueden ser abandonados…Es espantoso que a veces, pretendiendo sostener los otros Mandamientos, hacen caso omiso completamente el Octavo, que prohíbe dar falso testimonio o mentir, y vilipendian impiadosamente los otros. Aquí vemos como la lengua incauta, encendida por el infierno, pone todas las cosas en llamas (cf. Jas 3:6)”.

Al parecer, el Papa Francisco no ve “falso testimonio o mentir” en su tirada más o menos constante contra los católicos ortodoxos, ni da cuenta que “vilipendia impiadosamente a los otros” cuando los denuncia, casi diariamente, como hipócritas rígidos. Cuanto a la falsificación descarada que el Vaticano hizo de aquella carta ya infame, que fue presentada falsamente como una aprobación por Benedicto XVI de la “teología del Papa Francisco”, Francisco evidentemente no consigue ver la viga en su propio ojo.

Podemos, sin embargo, encontrar esperanza en el hecho de que esta tosca polémica papal no está engañando a nadie que no quiera ser engañado, y que el número de los fieles que están abriendo los ojos al fraude está aumentando diariamente.

Qué Nuestra Señora de Fátima interceda inmediatamente para poner fin a este desastre.




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