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Después de fabricar una noticia falsa en el Vaticano,
Monseñor Viganò dimite falsamente

¿Y dónde están las disculpas debidas a Benedicto XVI?

por Christopher A. Ferrara
el 24 de marzo de 2018


Monseñor Viganò (a la derecha) relajándose en su tiempo libre

El sacerdote que el Papa Francisco puso al frente de un supuestamente nuevo y mejorado Secretariado para la Comunicación se ha deslizado hacia fuera de su empleo. O por lo menos se ha hecho de modo que pareciese así.

Monseñor Viganò ha sido forzado a “dimitir” después de un reportaje a escala mundial en los medios de comunicación sobre como él había manipulado y publicado selectivamente una carta particular y confidencial de Benedicto XVI para dar la idea de que Benedicto XVI estaba aprobando entusiastamente once opúsculos sobre la “teología del Papa Francisco”. Como todo el mundo ahora sabe, la carta – cuyos párrafos-clave Viganò intentó ocultar a la vista pública – no sólo rehusaba la aprobación como hasta protestaba de que uno de los opúsculos era de autoría de un hereje infame, que atacó las enseñanzas de Juan Pablo II en Veritatis Splendor, precisamente como Francisco también está haciendo ahora a través de Amoris Laetitia.

He puesto la palabra “dimitir” entre comillas para expresar escepticismo porque esta llamada dimisión parece una escena de teatro Kabuki sin la sustancia de la versión japonesa: mucho baile estilizado para el consumo público, pero sin aplicación de la sanción debida a este sacerdote, cuyos actos engañosos han hecho del Vaticano un objeto de risa en todo el mundo, hasta entre un cuerpo de prensa amigable.

En primer lugar, la “carta de renuncia” de Viganò rehúsa admitir que había hecho algo errado. Declara simplemente que “En los últimos días se ha levantado mucha controversia sobre mi trabajo que, más allá de mis intenciones, desestabiliza la compleja y gran obra de reforma que me habéis confiado y que ahora, gracias a la contribución de mucha gente, comenzando por el personal, está en su vuelta final”.

¡“Mi trabajo” dice él! Hasta en el momento en que él “renuncia”, Viganò continúa  escondiendo la verdad sobre sus actos.

A continuación hay una sugerencia general de que él no sea destituido del Secretariado, sino simplemente transferido a otra posición: “por amor a la Iglesia y a Vos, Santo Padre, le pido aceptar mi deseo de dimitir, manteniéndome, si así fuere vuestro deseo, disponible para colaborar de otra manera”.

Entiendo la indirecta, Francisco aceptó la “dimisión” nombrando Viganò para asesor del mismísimo Secretariado, “que, en lenguaje vaticano, significa la posición no. 3, anota el Padre Raymond J. de Souza. En esta posición, Viganò podrá hacer el mismo trabajo, mientras su sustituto titular salva a Francisco de la vergüenza. Como observa el Padre de Souza, y con toda razón:

“Es una calibración muy buena, hasta jesuítica: el fraude del Monseñor Viganò ha hecho que se hiciese insustentable continuar al frente del departamento, pero ¿será aceptable para un delegado importante? Si todo el escándalo hubiese sido obra del delegado, en primer lugar, ¿habría sido aceptable que continuase en aquel lugar? ¿Por qué razón el Papa Francisco no dejó irse a Monseñor Viganò simplemente? Tal vez porque lo que él hizo, aunque sea inaceptable en su mentira, está en otros aspectos de acuerdo con la cultura de este pontificado”.

Por “cultura de este pontificado”, el Padre de Souza quiere referirse a la protección de los amigos de Francisco y la persecución brutal para los que son entendidos como enemigos, como está documentado más allá de cualquier duda razonable en el libro El Papa Dictador de Henry Sire. Sire fue inmediatamente “suspendido” de su afiliación con los Caballeros de Malta – cuya antigua soberanía Francisco destruyó para beneficiar a otro de sus amigos – una vez que se reveló ser autor de la obra hasta entonces pseudónima, que actualmente es un bestseller de la editora Regnery.

Mientras tanto, no hay ni una sola palabra de disculpas a Benedicto XVI de parte de Viganò, de Francisco o de persona alguna del Vaticano por el abuso fraudulento de su nombre y por el verdadero robo de su carta privada y confidencial. Es una indicación horripilante de que Benedicto XVI no es más que un accesorio para ser usado cuando sea necesario por Francisco, quien es supuestamente el heraldo de una nueva era de “misericordia” en la Iglesia. Aparentemente, la “misericordia” en cuestión no incluye la cortesía rudimentaria de pedir disculpas a la víctima de un fraude cometido por uno de los colaboradores más próximos del “Papa de la Misericordia”.

Y así estamos en el quinto año de lo que los historiadores de la Iglesia tal vez algún día describirán como el Desastre Bergogliano.




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