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Perspectivas Sobre Fátima
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Mientras se concretiza la traición de los católicos chinos,
no es momento para una falsa obediencia

por Christopher A. Ferrara
el 14 de febrero de 2018

Nadie lo ha dicho mejor que Helen Raleigh, una comentarista americana-asiática, que ha escrito en The Federalist: “En este particular Miércoles de Ceniza, millones de fieles católicos en China continental tienen una razón más para rezar por la misericordia de Dios: su jefe en la tierra, el Papa Francisco, los ha traicionado”.

Y ahora la traición está siendo confirmada. Guo Xijin, 59, uno de los dos obispos católicos legítimos de la Iglesia “subterránea” en China que el Vaticano ha pedido que dimitiesen a favor de obispos fantoches, ilícitamente consagrados, de la Asociación patriótica católica (CPA) creada por los comunistas, ha acabado de declarar que obedecerá la orden de abandonar a su grey. Tal y como informa el New York Times: “Hablando en su primera entrevista acerca de las noticias sobre el acuerdo que se dio a conocer el mes pasado, el Obispo Guo dijo que si a él le fuese presentado un documento verificablemente auténtico del Vaticano ‘entonces debemos obedecer la decisión de Roma’”.

Como parte de esta venta total de la Esposa de Cristo a esta banda de malhechores comunistas, siete “obispos” excomulgados de la CPA serán reconocidos por Roma. Como Raleigh señala con asco: “Dos de estos siete hombres supuestamente tienen amantes y han engendrado hijos. Aún más importante, todos los siete hombres ponen su lealtad al Gobierno comunista de China antes que a su fe en Dios”.

Sin embargo, según el Obispo Guo, “debemos obedecer”. Fijaos, en verdad, el obispo debe desobedecer. Porque el Papa no tiene poder de ordenar lo que es inmoral y destructivo para la Iglesia, y cuando un Papa intenta hacerlo debe ser resistido. Como enseña San Roberto Belarmino, Doctor de la Iglesia:

“Por tanto, tal y como es lícito resistir a un Pontífice que invada un cuerpo, así también es lícito resistirle si invadiere almas o perturbare un estado, y mucho más si intenta destruir la Iglesia. Digo que es lícito resistirle, no haciendo lo que él ordena e impidiéndole que ejerza su voluntad…[De Controversiis: On the Roman Pontiff, traducción Ryan Grant (Mediatrix Press: 2015), Libro II, capítulo 29, pág. 303.]”

Como el Papa Benedicto XVI ha declarado en su homilía del 7 de mayo de 2005: “El Papa no es un monarca absoluto cuyos pensamientos y deseos son ley. Por el contrario: el ministerio del Papa es una garantía de obediencia a Cristo y a Su Palabra”.

Un ejemplo histórico de lo que el Obispo Guo debería hacer, y que fue muchas veces citado por el Padre Gruner es el de Obispo Robert Grosseteste (1175-1253) el prelado inglés medieval que se enfrentó a numerosos abusos de poder cometidos por el Papa Inocencio IV o por su orden, incluso la exigencia de Inocencio IV que su joven sobrino totalmente incompetente fuese nombrado obispo. Esto fue un asunto comparativamente menor en contraste con la traición que ahora está teniendo lugar en China, donde el Papa Francisco está preparado a exigir no que una de sus relaciones, sino fantoches, ilícitamente consagrados y controlados por los comunistas, sean instalados como obispos en lugar de los sucesores legítimos de los Apóstoles. No obstante, la resistencia  de Grosseteste respaldada por principios sirve para ilustrar los límites justos del poder papal.

Como la Enciclopedia católica observa correctamente, el Obispo Grosseteste “nunca negó la autoridad del Papa como Vicario de Cristo y Cabeza de la Iglesia. Lo que afirmó era que el poder de la Santa Sede era ‘para la edificación y no para la destrucción’ [2 Cor. 10:8], y que las órdenes del Papa nunca podrían transgredir los límites impuestos por la ley de Dios, y que era su deber, como obispo, resistir un mandato que fue “para la destrucción manifiesta”. En tal caso ‘por reverencia y obediencia filiales yo desobedezco, resisto y me rebelo’”.

Lo que Francisco parece que está pronto a mandar en China es precisamente la “destrucción manifiesta” de la Iglesia visible en aquella nación, y lo más irónico es la destrucción manifiesta de su propio poder legítimo sobre la Iglesia local. Como Raleigh ha dicho:

“El Papa Francisco parece no tener problema alguno en subordinar su autoridad a un gobierno represivo comunista…Está claro que el Papa Francisco no es el Papa Juan Pablo II. Mientras el Papa Juan Pablo II se asoció a Margaret Thatcher y al presidente Reagan para derrotar el comunismo, el Papa Francisco está dispuesto a rendirse ante regímenes autoritarios opresivos como los de Cuba y China en el nombre de ‘sinceridad’. Por hacerlo, apenas da legitimidad y extiende una cuerda de salvamento a esos regímenes mientras deja de ofrecer auxilio a los pueblos oprimidos por esos regímenes. ¿Cómo puede una Iglesia católica bajo el liderazgo del Papa Francisco continuar diciendo aún que es campeón de los oprimidos?”

No es el momento para la falsa obediencia. La verdadera obediencia al Papa, en realidad la defensa de su propio cargo contra la usurpación por poderes mundanos exige que los obispos católicos legítimos de China digan NO al trato con el demonio del Vaticano.

La plaga de la obediencia falsa a ordenes injustas – es decir, la apariencia falsa de órdenes, tales como la “prohibición” imaginaria por Pablo VI de la Misa latina tradicional – ha conducido a la desolación de la Iglesia por novedades ruinosas, una tras otra, a lo largo de los últimos cincuenta años. Ahora es probable que la imposición de “debemos obedecer” – no importando lo que pase – prevalecerá en China también, llevándonos así más cerca del castigo divino que cada vez más, parece ser la única manera en que se pondrá fin a esta locura.




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