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Perspectivas Sobre Fátima
Perspectivas sobre Fátima

George Weigel está medio cierto.
Y este es el problema

por Christopher A. Ferrara
el 9 de febrero de 2018

La alarma entre los católicos sobre este pontificado está esparciéndose tan profundamente por la ‘opinión dominante’ conservadora que hasta la bastante neoconservadora (que ya fue decididamente paleo-conservadora) National Review (NR) se ha juntado al grupo de los descontentos. No porque el Papa Francisco sea anticapitalista, que es el principio del que se esperaría que el NR se le opusiese, sino porque, con Amoris Laetitia (AL), él está manifiestamente socavando la doctrina constante de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio y la respectiva disciplina eucarística sobre los divorciados y los según cabe suponer “re-casados”.

Un artículo en NR titulado “Francisco causa confusión” desdeña, y con razón, la afirmación del Cardenal Pietro Parolin – el mismo Parolin que está montando la entrega de los católicos chinos al perverso régimen de Beijing – que AL representa “un cambio de paradigma” en la Iglesia. Dijo el NR:

“Un cambio de paradigma implica una ruptura. Los críticos [de AL] – incluyen varios Cardenales y Obispos – dicen que el Papa Francisco pone en cuestión la indisolubilidad del matrimonio. Esto sería, de hecho, un cambio de paradigma para la Iglesia católica, considerando las palabras de Jesús sobre el divorcio en la Biblia. El problema para los proponentes de este ‘cambio’, como George Weigel ha explicado, es que la Iglesia ‘no hace cambios de paradigma’; si hiciese, dejaría de ser la Iglesia católica. Llegaría a ser como la Iglesia anglicana, que no es ajena a rupturas y nuevas maneras de pensar.

“La nueva semejanza al anglicanismo no es la vieja división de Iglesia alta y baja cuanto a la liturgia, aunque esto haga ciertamente parte de la experiencia católica contemporánea; hoy en día nunca se sabe si el sacerdote celebrará Misa o intentará un sketch de comedia en una noche tardía. La división realmente aguda, la razón por qué es tan seria, es sobre la interpretación de la doctrina básica. En Malta, por ejemplo, las reglas permitiendo o limitando la Sagrada Comunión para un casado donde su cónyuge es divorciado y re-casado, estando el anterior cónyuge vivo, serían muy diferentes si la misma pareja estuviese viviendo en Portland, Oregón. ‘Algo está roto en la Iglesia católica de hoy’, dice Weigel”.

Hablando de Weigel, parece que hasta este apologista resoluto del estatus quo de las novedades ruinosas de post-Vaticano II está despertando al peligro de nuestra situación, aunque no esté aún dispuesto a identificar la fuente máxima del problema. En el artículo en First Things citado por el NR, Weigel observa correctamente que “La Iglesia católica no hace ruptura: esto se intentó hacer hace 500 años, con resultados catastróficos para la unidad cristiana y la causa de Cristo. Así, tristemente, el Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede, había recientemente descrito Amoris Laetitia, la exhortación apostólica del Papa Francisco sobre el matrimonio y la familia como que es un ‘cambio de paradigma’”.

Weigel lamenta que, de hecho, el “cambio de paradigma” en el sentido de una ruptura con la doctrina y disciplina constantes de la Iglesia “está siendo hecha …en Malta, en Alemania y en San Diego”, donde adúlteros públicos están siendo admitidos a la Sagrada Comunión según la única autoridad de AL, mientras que esto “es muy diferente de lo que ha sido ordenado en Polonia, en Phoenix, en Filadelfia, en Portsmouth en Inglaterra, y en Edmonton, Alberta” – a saber, la doctrina y disciplina constantes de la Iglesia que prohíben la Sagrada Comunión a personas viviendo en adulterio que tienen intención de continuar sus relaciones adúlteras.

“A causa de esto” Weigel lamenta – muy correctamente – “la Iglesia católica está comenzando a parecerse con la comunión anglicana (que es, ella misma, producto de un ‘cambio de paradigma’ traumático que le costó la cabeza a John Fisher y a Thomas Moore). Porque en la comunión anglicana, lo que es creído, celebrado y practicado en Inglaterra es muy diferente de lo que es creído, celebrado y practicado en Nigeria y en Uganda”.

Tal y cual. Pero es triste observar que Weigel aún parece estar desconcertado por un compromiso ideológico, emblemático del catolicismo “conservador” (en oposición a “tradicionalista”) en hacer caso omiso del papel del papado en la actual crisis eclesial. Según él, “el Papa mismo ha insistido que Amoris Laetitia no propone una ruptura con las doctrinas indiscutibles de la Iglesia sobre la indisolubilidad de matrimonio y las condiciones para recibir la Sagrada Comunión”.

George, George, George. ¿Cómo puede el hombre continuar afirmando que el Papa Francisco niega precisamente lo que ha abogado abiertamente durante los últimos cinco años: la admisión de adúlteros públicos a la Sagrada Comunión? ¿Cómo puede él continuar haciendo caso omiso a la aprobación explícita de Francisco de las directivas de AL a los Obispos de Buenos Aires, que permiten la admisión de adúlteros públicos a la Sagrada Comunión siempre que no sea “practicable” que practiquen la continencia? ¿Cómo puede él fingir que no sabe que Francisco aprobó esas directivas como siendo la única interpretación correcta de AL en un documento que Parolin mismo, con la autoridad de Francisco, declara que esa interpretación es “Magisterio auténtico” – una tentativa descarada de defraudar a la Iglesia?

Weigel continua, observando los síntomas al mismo tiempo que no alcanza el diagnóstico:

“Esta fragmentación no es católica. El catolicismo quiere decir un Señor, una fe, un bautismo, y la unidad es una de las cuatro marcas que distinguen la Iglesia. Esta unidad significa que la Iglesia expresa el principio de la no contradicción, de modo que un pecado grave en el lado polaco del Rio Oder no puede ser una fuente de gracia en el lado alemán de la frontera. Algo está roto en el catolicismo de hoy y no va a ser curado con súplicas a cambio de paradigmas”.

Algo está roto en verdad. Y creo que Weigel sabe que lo que está roto es el ejercicio del cargo petrino por el actual titular. Tiene la obligación de decir públicamente lo que él debe saber que es verdad y lo que los católicos de todo el mundo ya han protestado públicamente. Estar medio cierto en este caso no ayuda a quien lo lee, porque esa media-verdad esconde la verdad entera sobre “este papado desastroso”, como sucedería con un médico que hiciese a su enfermo una evaluación correcta de los síntomas y rehusase a decirle que su origen es un tumor cerebral. En estas circunstancias, estar medio cierto es peor que no decir nada.




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