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Perspectivas Sobre Fátima
Perspectivas sobre Fátima

La fase final del Ecumenismo ha caído sobre nosotros

por Christopher A. Ferrara
el 29 de enero de 2018

El Papa Pio XI prohibió sabiamente participación alguna de católicos en el “movimiento ecuménico”, organizado por los protestantes, que emergió en los años 20 del Siglo XX, porque veía claramente a donde esto llevaría: al de facto abandono de la única religión verdadera, a favor de un sentimentalismo pan denominacional “por el cual los fundamentos de la Fe católica son completamente destruidos”. Debido al “ecumenismo”, los errores de las sectas protestantes serían pasados por alto y el imperativo divino de adherirse a la verdad revelada sería sacrificado sobre el altar ecuménico. La verdad que nos hace libres dejaría de tener importancia, y un indiferentismo específico iría a obliterar en la práctica todas las distinciones vitales entre el catolicismo y las doctrinas hechas-por-hombres de sectas fundadas por hombres.

Hemos alcanzado ya esa fase final del ecumenismo, unos cincuenta años después de que el elemento humano de la Iglesia cometiese el error épico de abrazar exactamente lo que Pio XI había condenado. Si esto parece melodramático, consideremos estas palabras del Papa Francisco a una asamblea heterogénea de anglicanos, metodistas, evangélicos y ortodoxos durante un servicio “ecuménico” de vísperas en la Basílica de San Pablo Extramuros:

“Hasta cuando haya diferencias que nos separen, reconocemos que pertenecemos al pueblo de los redimidos, a la misma familia de hermanos y hermanas amados por el único Padre…

“Todos nosotros, cristianos, hemos pasado por las aguas del Bautismo, y la gracia del Sacramento ha destruido nuestros enemigos, el pecado y la muerte…Al emerger de las aguas del Bautismo hemos alcanzado la libertad de los hijos [de Dios]; emergimos como un pueblo, como una comunidad de hermanos y hermanas salvadas, como ‘ciudadanos con los santos y miembros de la casa de Dios’ (Efes. 2:19)…

“Compartimos la experiencia fundamental: la gracia de Dios, Su poderosa misericordia en salvarnos. Es precisamente porque Él tuvo esta victoria en nosotros, que podemos juntos cantarle las alabanzas”.

“Cuando afirmamos que reconocemos el bautismo de los cristianos de otras tradiciones, confesamos que ellos también han recibido el perdón del Señor y Su gracia que actúa a través de ellos. Y damos la bienvenida a su profesión como una expresión autentica de alabanza por la obra de Dios…”

Traducción: Todos los que se consideran cristianos por haber recibido un bautismo válido son parte de la misma comunidad de los salvados. Todos los bautizados pertenecen igualmente a la casa de Dios, independientemente de los errores que profesan o de los pecados que aceptan como que son consistentes con su versión del Evangelio – incluso la anticoncepción, el aborto y la sodomía. Las verdades morales y teológicas que Cristo ha revelado y la Iglesia católica ha transmitido intactas durante 2000 años no tienen importancia con respecto a la salvación; son apenas “diferencias” sin significado eterno. Todo lo que interesa para la salvación es el simple hecho del bautismo, que se reduce a una especie de pasaje irrevocable al Cielo.

Poniendo aparte la cuestión de los invenciblemente ignorantes, cuyo destino solo Dios conoce (cf. Pio IX, Singulari Quadam [1854], es ultrajante sugerir que quien se opone conscientemente a las enseñanzas de la Iglesia sobre numerosas doctrinas y dogmas – declarando que su enseñanza es falsa, negando su institución divina, y hasta recusando el carácter absolutamente obligatorio y sin excepciones de los preceptos negativos de la ley natural que prohíben el adulterio, la anticoncepción, el aborto y la sodomía – “pertenecen al pueblo de los redimidos, a la misma familia de hermanos y hermanas”. Esto es una horrenda mentira por la cual esas almas así confirmadas en sus múltiples errores están siendo alentadas a caminar hacia su propia destrucción. Y si esas personas ahora deben ser consideradas “pertenecientes al pueblo de los redimidos, a la misma familia de hermanos y hermanas”, entonces el dogma definido de que fuera de la Iglesia no hay salvación es negado de facto por el mismísimo ocupante de la Silla de Pedro – lo que es ciertamente un desarrollo apocalíptico.

Aquí vemos precisamente la razón de por qué, no muchos años antes de una desastrosa rendición al espíritu de los tiempos por el Vaticano II, Pio XI había tronado desde lo alto de la Silla de Pedro que la Iglesia siempre “ha prohibido completamente cualquier comunicación con aquellos que profesan una versión mutilada y corrupta de las enseñanzas de Cristo” y que “sería un disparate y un despropósito decir que el Cuerpo Místico está hecho de miembros que están desunidos y esparcidos por fuera; quien, pues, no esté unido al Cuerpo no es miembro de él, ni está en comunión con Cristo Su cabeza”.

Como San Juan avisó a los fieles desde el principio de la misión salvífica de la Iglesia: “Si viene alguno a vosotros, y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, ni le saludéis, porque quien le saluda, comunica con sus acciones perversas”. (2 Jn 10). Pero es precisamente esa verdad revelada, ese consejo divino, lo que el elemento humano de la Iglesia rechaza en el medio de lo que es ciertamente la peor crisis de su historia, en donde hasta el Papa (siguiendo, debe decirse, el ejemplo de Juan Pablo II) recibe en su casa y dice “Dios os guarde” a los sectarios que profesan una detestable falsedad tras otra y cuyas obras de maldad los eclesiásticos del post-Vaticano II ahora comunican con despreocupación.

¿Podría la resolución de esta crisis ahora involucrar algo que no sea un acontecimiento apocalíptico? Sólo Dios sabe, aunque hasta la simple prudencia humana podría sugerir la respuesta. Esta locura no puede continuar por mucho más tiempo, ni, humanamente hablando, se puede concebir una cura para ella. Una parte demasiado grande de los dirigentes de la “Iglesia postconciliar” parece actualmente consistir en guías ciegos decididos a conducir a los fieles al abismo. Sólo Dios los puede detener. Y sólo María santísima, Medianera de todas las Gracias, podrá obtener para nosotros el favor de la singular intervención divina, que fue ciertamente anunciada en el Mensaje de Fátima, con su petición de la Consagración de Rusia a Su Inmaculado Corazón.



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