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El ecumenismo: Una meta-herejía

por Christopher A. Ferrara
el 19 de enero de 2018

De todas las insólitas novedades pseudo-conceptuales que han aborrecido a la Iglesia desde Vaticano II, la peor de todas es el “ecumenismo”, que fue inyectado en la Iglesia como un virus incapacitante en el documento conciliar Unitatis Redintegratio (UR).

La UR declaró abruptamente que la Iglesia iría a abrazar ahora el movimiento exacto que Pio XI, apenas 32 años antes del Concilio, había condenado como enemigo de la religión católica. Y lo condenó porque el “ecumenismo”, término esencialmente desprovisto de significado intrínseco, representa en la práctica la proposición de que las diferencias doctrinales con los ortodoxos y los protestantes tienen poca importancia en la “jornada ecuménica” hacia el destino de una ilusoria “unidad cristiana” en el horizonte cada vez más alejado del “progreso ecuménico”. Las doctrinas son vistas como meras sutilezas semánticas reservadas a la discusión teológica de los “peritos”, mientras los copartícipes del “diálogo ecuménico” proclaman una “unidad creciente” que no es más que un sentimiento caluroso y macío que hace caso omiso a una división doctrinal cada vez más ancha entre la Iglesia que Cristo ha fundado y las organizaciones puramente humanas que se arrogan de tener una misión en Su nombre y muchas de las cuales hoy desafían hasta la ley natural.

Sandro Magister cita la actitud del Papa Francisco como una importante prueba para ilustrar el problema. Durante una de sus conferencias de prensa aerotransportadas en 2014 (en el vuelo de regreso de Turquía), Francisco se refirió al indiferentismo ecuménico del Patriarca ortodoxo Atenágoras, que, como se sabe, se encontró con Pablo VI en una de las primeras manifestaciones del nuevo “ecumenismo”:

“Creo que estamos avanzando en nuestras relaciones con los ortodoxos; ellos también tienen los sacramentos y la sucesión apostólica…estamos avanzando. ¿A que estamos esperando? ¿Que los teólogos lleguen a un acuerdo? Ese día nunca llegará, os lo aseguro, soy escéptico. Los teólogos trabajan bien, pero se acuerdan de lo que Antenágoras dijo a Pablo VI: ‘Vamos a poner a los teólogos en una isla para que discutan unos con otros y pongámonos a trabajar’! Pensé que eso podría no haber sido verdad, pero Bartolomé me dijo: ‘No, es verdad que él dijo eso’. No debemos esperar. La unidad es una jornada que debemos emprender, pero necesitamos hacerla juntos…”

Así, para el ecumenista católico – hoy en día, en primer lugar, Francisco – la “unidad” es una “jornada” que los católicos supuestamente deben emprender con los acatólicos mientras los teólogos hacen lo que acustumbran hacer, que realmente no tiene gran importancia. Pero ¿jornada hacia dónde, a no ser hacia la unidad en las verdades teológicas que Cristo reveló y Su Iglesia ha transmitido intactas durante 2.000 años? La cuestión nunca es respondida. Y no es respondida porque no hay respuesta. El ecumenismo es literalmente una jornada hacia la nada, y en la mejor de las hipótesis hacia cualquier sitio excepto Roma.

“Id pues, e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu santo; enseñándolas a observar todas las cosas que yo os he mandado. Y estad ciertos, que yo estaré continuamente con vosotros hasta la consumación de los siglos” (Mt. 28: 19-20).

¿Qué parte de la frase “todas las cosas que yo he mandado” es lo que el “ecumenista” no comprende? ¿Cómo puede el “ecumenista” dejar de ver que, después de cincuenta años de “diálogo ecuménico”, los principales “copartícipes de diálogo” del Vaticano han cesado de observar prácticamente todo lo que el Señor nos ha mandado, incluso evitar el adulterio y la sodomía, visto que ambas cosas las denominaciones principales anglicana y luterana han institucionalizado, hasta entre su llamado clero?

El ecumenismo es una meta-herejía, en el sentido de ser una herejía por encima y más allá de todas las herejías particulares que la Iglesia ha tenido que combatir en su larga historia, que se ha recurrido repetidamente en formas diferentes y bajo nombres diferentes. Es una meta-herejía porque declara que la herejía no importa, que no hay, en efecto, ninguna herejía, sino simplemente diferencias de opinión. El ecumenismo es, por tanto, el colmo de las herejías, que es aún más eficaz por faltarle un contenido doctrinal particular. Porque el ecumenismo en último análisis prescinde de la doctrina como tal.

Y es por eso, que el Pio XI avisó tan proféticamente, no muchos años antes de la locura del Concilio, que por debajo del eslogan ecuménico “No estará cierto…que todos los que invocan el nombre de Cristo deban abstenerse de censuras recíprocas y que por fin se unan en caridad mutua” hay escondido “un error gravísimo, por lo cual los fundamentos de la Fe católica son completamente destruidos”. ¿Quién puede negar que este error está ahora desenfrenado en la Iglesia, contribuyendo a la más grande crisis de toda su historia?

Qué Nuestra Señora de Fátima interceda por nosotros y libre la Iglesia de la meta-herejía ecuménica.




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